Educar en la templanza es forjar el carácter de nuestros hijos.

Por: Psic. Laura Olivia Solis Vivanco.- Licenciada en Psicología Clínica, miembro fundador del Instituto de Investigaciones Psicosociales Nocenyeliz A.C., organismo dedicado a la prevención de las adicciones en nuestra comunidad.

“El hombre que se mantiene en el justo medio lleva el nombre de sobrio y moderado”.
Aristóteles (384 AC-322 AC) Filósofo griego.

En metalurgia el temple es el tratamiento térmico al que se somete al acero para aumentar su dureza, resistencia y tenacidad. En las personas, alguien que ha logrado el dominio de sí mismo decimos que tiene temple.
Las personas tenemos necesidades y deseos, sin embargo cuando convertimos nuestros deseos en necesidades nos confundimos y ya no sabemos distinguir que es lo más importante. Requerimos darnos tiempo para reflexionar y volver a separar las cosas. Necesidad es todo aquello que si no lo tengo, esta en riesgo mi sobrevivencia. Abraham Maslow agrupa las necesidades en cinco categorías: Fisiológicas, seguridad, pertenencia, estima y autorrealización. Los deseos son las cosas, personas o situaciones que mas allá de satisfacer nuestras necesidades legitimas, las utilizamos para lograr poder, placer y dinero en exceso.
Para lograr el temple o dominio de si mismo hay que practicar la templanza, es decir llevar a cabo acciones repetidas de moderación y de sobriedad ante los placeres, los apetitos, y el uso equilibrado de los bienes o posesiones.
Ahora vemos a niños y a adolescentes esclavizados por el internet y por los videojuegos. Ante estas conductas excesivas, la moderación consistiría en la decisión propia de limitar su uso a ciertos horarios y la sobriedad seria la decisión de suprimir por un tiempo estas diversiones. Ambas decisiones, en pos de un mejor uso del tiempo libre: Estudio, tareas, lectura, deportes, cultivo de las artes, convivencia familiar, etc. Cuando así decidimos, logramos mayor libertad y en consecuencia somos más felices. Quien no tiene templanza (hábitos de moderación y de sobriedad) termina siendo esclavo de sus propios impulsos y pasiones. Basta ver a tantos adolescentes y jóvenes que viven esclavizados en las adicciones y en la pornografía.
¿Que nos corresponde hacer a padres y educadores? Nos corresponde ayudar a nuestros niños y adolescentes a tomar las mejores decisiones. Ayudar primero a que reconozcan y acepten su cuerpo y todo lo que a este pertenece: necesidades, sentimientos, deseos, impulsos, sensualidad, etc. Y luego a satisfacer con moderación y sobriedad, usando la razón, la voluntad y el corazón.
Hay niños y adolescentes que tienen el hábito de comer comida chatarra a todas horas, presentando obesidad y desnutrición. Un padre o educador puede ayudarlos a que reconozcan las horas precisas en que sienten hambre y a que decidan entre varias opciones de comida y golosinas saludables solamente dentro de esos horarios. De entrada sabemos que no será fácil, pues no están acostumbrados a reconocer errores, creen que se merecen comer todo lo que quieran y a que se les satisfagan todos sus caprichos, pero así como el hierro se tiempla en el yunque a base de calor y mazazos, así la persona se forja en la vida a través de un duro esfuerzo. Educar es forjar su carácter, favorecer su autoconocimiento y fortalecer su voluntad para moderar y armonizar toda su vida.
Nos enfrentamos a un bombardeo mediático que inculca el afán desmedido de tener cosas, disminuyendo la capacidad de distinguir entre lo que es verdaderamente necesario. También estamos muy acostumbrados a la comodidad y al confort. Por estas dos situaciones la templanza requiere de una buena dosis de inteligencia para saber distinguir y separar necesidades legítimas de deseos excesivos.
Seamos personas de temple y modelemos el temple en nuestros niños y jóvenes. Moderemos conductas excesivas, mantengámonos sobrios ante el alcohol, tabaco, drogas y alimentos que dañan nuestra salud. Al ver que respetamos nuestra propia dignidad y somos personas más plenas y felices, seguramente ellos también querrán dejarse guiar por el valor de la templanza.

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