La dignidad humana.

Pbro. Francisco Landa.- Párroco de la Parroquia de Nuestra Sra. Del Rosario de Fátima de Playas de Rosarito y encargado de la Comisión Diocesana de Pastoral de la Arquidiócesis de Tijuana.

“Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación.” (Gaudium et Spes n. 13 – Documento del Concilio Vaticano II).

Particularmente la violencia que se ha extendido en nuestros días en México, llegando a niveles insospechados hace unos años, tocando ya prácticamente a cada familia, nos plantea la pregunta con especial urgencia acerca del valor que tiene una persona para los demás. ¿Su valor radica en lo que tienen, en lo que saben, en su ideología, en su experiencia, en su belleza, en su productividad, en su cultura?

Incluso podríamos preguntarnos: ¿el valor se lo damos nosotros? ¿No tiene un valor en sí mismo?

Buscar una respuesta nos pone frente a la gran pregunta:  ¿quién es el hombre?

Los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II afirmaron “Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen en consecuencia. La Iglesia siente profundamente estas dificultades, y, aleccionada por la Revelación divina, puede darles la respuesta que perfile la verdadera situación del hombre, dé explicación a sus enfermedades y permita conocer simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación propias del hombre.   (Gaudium et Spes n. 12)

¿Cuál es esta respuesta que da la Iglesia? Aquí solo podría enunciarla en forma sintética, pero podemos ampliarla acudiendo al rico magisterio de la Iglesia Católica. Todo él busca responder al misterio del hombre desde el misterio de Dios hablándole al hombre de cada época desde sus propias circunstancias. Un libro básico para cada católico puede ser el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica y una Biblia leída y meditada bajo la guía de sus pastores.

Intentando responder brevemente podemos decir que la dignidad de la persona humana se funda en Dios que creó al hombre a su imagen y semejanza. Lo dotó de inteligencia, libertad y voluntad. Le concedió la capacidad de discernir entre el bien y el mal asegurándole en el bien la felicidad y en el mal su perdición. Es Él quien le da un gran valor, superior incluso al que tiene el resto de la creación, pues lo puso como señor del mundo, aunque siempre bajo el señorío de Dios.

Al hombre le fue concedido un soplo divino que le capacita relacionarse con Dios y aspirar a la eternidad. Estamos hablando de una vida espiritual, interior que le da sentido y orientación a todo lo demás.

Dios ve en el hombre, en todo hombre, un hijo a quien ama profundamente y a quien quiere feliz. El daño que las personas se hacen a sí mismas desorientadas por el pecado no pasa desapercibido para Dios, quien exclama a Caín después que éste mató a su hermano Abel: “Dónde está tu hermano?”. Este daño ocasionado entre las personas sube como un clamor a Dios que defiende al débil y abatido y ofrece un camino exigente de reconciliación a quien se ha equivocado.

Frente a la realidad dolorosa del pecado, que dañó seriamente el proyecto que Dios tenía para el hombre y que se expresa justamente en el desorden, en la confusión, Jesucristo, el Hijo enviado del Dios Padre, los seres humanos encontramos el camino de una reconstrucción de nuestra identidad y dignidad. Él es quien dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre si no es por mi”, y también dijo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

En Jesucristo tenemos, pues, la esperanza de una nueva humanidad en la que el hombre reconozca toda la grandeza que tiene como ser humano y también la grandeza de su vocación, de su llamado a sembrar el amor, la paz, la justicia y la fraternidad en esta vida para aspirar a la vida eterna.

Esta respuesta que nos viene desde la fe en Dios ancla a la dignidad en algo superior, no arbitrario. El valor de las personas, su dignidad, no se la dan otras personas, sino Dios mismo.

El problema es que muchos han dejado de creer en Dios

Preguntas:

¿Qué hace que una persona sea digna?

¿Cómo valora usted a las personas a su alrededor, desde su interior o desde su exterior?

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